Grabado en la Venta de Vargas, de San
Fernando (Cádiz)
el verano de 1967.
Guitarra (temas 1,2,3 y 4) : José
Monje Cruz.
Guitarra (temas 5,6,7,8,9 y 10) : Manuel Brenes.
Editado y masterizado en Flamenco Vivo
(Sevilla)
Ingeniero de sonido: Francisco José Cuadrado.
Diseño y maquetación: Alicia Díaz
Luengo.
Producción ejecutiva: Helena Pachón.
Es una producción de Universal Music dirigida y
realizada por Ricardo Pachón y Enrique Montiel
A finales de los sesenta, la Venta de Vargas era mucho
más que un referente de la geografía flamenca,
era un hito. Porque desde finales de los años treinta
por allí pasó la flor y nata del cante.
O sea, todos. Todos como entonces discurría el
flamenco: señoritos y fiestas. Pero también
era la parada obligada de todas las compañías
que actuaban en el vecino y más que centenario
Teatro de las Cortes. Las paredes del establecimiento
guardan y exponen todo un tesoro de imágenes. Desde
Manolete y Concha Piquer, Caracol y Lola Flores, hasta
Sara Baras y Niña Pastori. El elenco de artistas
de medio siglo largo fue a la Venta más famosa
de todas. Y Camarón.
Famosa por la sabrosa y sencilla gastronomía,
los guisos de berza que cocinaba María Picardo,
y el rabo de toro, y también por la rica variedad
de pescados y mariscos de la bahía de Cádiz
y de los esteros de San Fernando, la Venta de Vargas,
el establecimiento isleño, lo fue así mismo
por el arte que allí se daba cita.
En este enclave mítico tendría
lugar el milagro que ahora celebramos y conocemos, la
grabación de algo más de cincuenta minutos
de cante de José Monje Cruz, entonces un niño
de menos de 17 años, que frecuentaba la Venta porque
su hermano mayor, Manuel, se “buscaba” allí
la vida.
Los niños de la Isla de los años
cincuenta, como Camarón,se zambullían en
las frías aguas del caño de Sancti Petri.
En el camino estaba la Venta. José Monje, a quien
los suyos ya llamaban Camarón por su tez blanquinosa
y su pelo rubio, solía hacer paradas en el establecimiento.
El aliciente era una vieja guitarra que él tocaba.
Con independencia, claro está, de que allí
tenían lugar durante las interminables madrugadas
del verano y la primavera, las grandes fiestas del cante
y el baile.
La historia es demasiado inamovible para
que no hayamos alcanzado a ver la importancia que tuvo
el establecimiento en la vida artística de Camarón.
Se trataba de una “universidad” cuyo Rector
Magnífico se llamó Manuel Ortega, Caracol,
o de un seminario cuyos profesores siempre formó
el escalafón del cante. Camarón, el más
aficionado de todos los niños y de todos los jóvenes
cantaores, fue además “como de casa”.
Por eso allí se lo presentaron a Caracol, y allí
le cantó con el resultado del desencuentro conocido
y mil veces referido.
Poco después de esta grabación,
o poco antes, José Monje se embarcaría en
la aventura vital del cante. Primero fue Málaga,
con Miguel de los Reyes, todavía menor de edad,
y luego, tras un paréntesis en La Isla, sería
su viaje a Madrid, que marcaría su vida: Su entrada
en el tablao Torres Bermejas y su encuentro con Paco de
Lucía, decisivo en la conformación del mito
y en la revolución del flamenco.
Antes de todo eso, en aquella infancia
feliz por su pueblo, se produjo el hecho sin importancia
que hoy constituye el tesoro de un disco inédito,
la grabación que le hicieron en el magnetófono
que Juan Vargas adquirió para guardar los tesoros
del cante. Aquel “cuatro pistas” que el titular
de la Venta utilizó para su propio solaz y afición
fue el utilizado la noche en que cantaban los grillos
al compás de la guitarra. Aquella noche maravillosa
del verano isleño en que Camarón registraría
la sorprendente sabiduría de su cante, y los mensajes
flamencos que nadie sabe por qué no registró
en vida.
Los cuatro primeros temas del disco se
grabaron al aire libre, en la puerta de la venta y desde
un mostrador que daba a la cocina. El sonido es transparente
y capta, sin ecos, los matices de la voz y la guitarra
de Camarón. Y que decir de los grillos, los camiones
y los colegas de la barrita. Este ambiente acústico
difícilmente se consigue en un estudio.
La segunda parte, los temas del seis al
diez, es otro cantar. Pertenece a una fiesta en un salón
interior de la venta. El ruido de fondo y el exceso de
eco han dificultado la limpieza y masterización.
Sin embargo creemos que el mensaje musical y poético
de aquel Camarón mocito merece llegar al corazón
y los oídos de la afición. Por bulerías
nos recuerda a El Chozas y a Pastora; por seguiriyas a
El Nitri, Terremoto y Pastora; por fandangos a Caracol
y el de la Calzá; por tarantos a Chacón
y a Manuel Torre y por tangos extremeños a Porrinas
y a la Marelu. Demasiado para un joven de 17 años
que apenas había salido de La Isla de León.
Quizá por todo esto nos resulta
más milagroso si cabe que aquella vieja “cinta”
grabada a un Camarón absolutamente fresco, pletórico
y genial, no hubiera seguido el camino de tantos tesoros
dilapidados, olvidados y perdidos por los vericuetos del
tiempo y de la historia. Estuvo en el cajón de
una cómoda mucho más de treinta años
para que un día descubriéramos asombrados
que era el eslabón perdido, el misterio de un nuevo
regalo de Camarón a sus incontables seguidores,
a todos nosotros en los cuatro puntos cardinales del mundo.
Dicen que cuando Dios juega a los dados
surge el azar. No hay mejor explicación a esas
grabaciones que el azar. Porque establecen de un modo
inequívoco y palmario que Camarón tuvo una
prehistoria cantaora, un “substrato” predecible.
Y que esa veta de oro completa y da explicación
a una estética, una sabiduría y una ejecutoria
artística.
Cuando le fuimos quitando con mimo exquisito
una a una las láminas a la cebolla, y descubrimos
el cogollo de unos cantes inéditos, unas letras
inéditas en Camarón en su abrumadora mayoría,
y un Camarón inmortal, tuvimos exacta conciencia
del milagro.
Ha pasado demasiada agua bajo los puentes
para que ahora no contemplemos la sorpresa y la anticipación
del contenido de estas grabaciones, dos, una primera en
la que José Monje se toca a sí mismo la
guitarra, a su modo y manera. Y la otra de una fiesta
en la que Manuel Brenes es el que pone la sonanta al cante
de Camarón.
La afición flamenca y el mundo
camaronero en su conjunto van a descubrir en estas viejas
grabaciones algo más que la prehistoria cantaora
del genio de La Isla. Han pasado más de once años
desde que Camarón inició el viaje hacia
el corazón del misterio, y de la inmortalidad.
Suele decirse, al modo laudatorio, que algunos cantantes
cada día que pasa cantan mejor. Como Gardel, Elvis,
John Lennon… Y como Camarón.
Aquí está otra prueba.
Undebé sea cumplido.